Al ver las escenas de San Francisco me han venido a la mente las marchas de inmigrantes, predominantemente mexicanos, imágenes que causaron gran molestia por la cantidad de banderas mexicanas que llevaban la gente Es irónico como al pueblo norteamericano le pueda molestar más el hecho de que mexicanos se manifiesten con las banderas de su país y no lo hagan con las personas, muchos de ellos chino-americanos, que llevan hoy las banderas de un país comunista, represor de los derechos humanos y una de las principales causas de la debacle económica que se vive en el mundo en la actualidad.
Mientras veía las escenas del recorrido de la antorcha olímpica por las calles de San Francisco me vino a la mente la forma en la que uno puede protestar, de manera pacífica, pero ejerciendo su derecho como espectador y ciudadano de un mundo por demás convulsionado: cuando empiecen las olimpiadas no verlas, cambiarle de canal a al tele o apagarla. Si la protesta fuera numerosa los patrocinadores de los jugos saldrán corriendo porque les afecta donde más le duele: el bolsillo.
Son algunas las voces que dicen que se debe alejar la política del espíritu deportivo, pero en la historia de los Juegos Olímpicos la política ha estado siempre presente y más que evento deportivo hay que llamar las cosas por su nombre: estos eventos se han convertido en el cuerno de la abundancia de compañías y marcas que buscan vender más a costa justamente de ese tan cacareado espíritu deportivo.
Si hay que hacer historia hay que hacerla no con protestas violentas sin con un poder que el pueblo tiene en las manos: el control remoto. Tal vez así se haga historia como las olimpiadas menos vistas y con más pérdidas económicas.









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